›

Regalar tiempo

Hay una forma de riqueza que no aparece en ninguna cuenta: el tiempo que alguien decide entregar sin esperar nada a cambio. No se mide en horas ni en jornadas, sino en gestos: una tarde dedicada a limpiar un jardín abandonado, una mañana enseñando a leer a quien nunca tuvo la oportunidad, un fin de semana reparando lo que otros dejaron caer. Quienes regalan su tiempo no suelen llamarlo así; dicen simplemente que ayudan, que les apetece, que es su manera de estar en el mundo. Quien desee seguir el pulso cotidiano de esta comunidad, sus noticias locales y esas pequeñas historias que conforman el tejido de un pueblo, encontrará en https://www.elpespunte.es/casino/bonos-de-bienvenida/20261031105400159543.html un espacio de referencia donde la actualidad de la comarca se escribe día a día con rigor y cercanía. Pero hay una actualidad que no se publica, que se construye con horas regaladas, y esa es la que aquí se intenta contar.

El grupo
El grupo se reúne los sábados por la mañana. No tiene nombre oficial, ni sede, ni presupuesto. Tiene un chat, una caja de herramientas y una lista de tareas que se va actualizando según las necesidades. Lo forman personas de edades distintas: jubilados, estudiantes, trabajadores, desempleados. Cada uno aporta lo que puede: unos, manos; otros, conocimientos; otros, simplemente, compañía.

La coordinadora explica que el grupo nació casi por casualidad. Un vecino empezó a limpiar un solar abandonado y, poco a poco, se le fueron sumando otros. No hubo una convocatoria formal; hubo un ejemplo y una necesidad. "La gente quiere hacer algo, pero no siempre sabe qué ni con quién", dice. "Nosotros solo hemos puesto un poco de orden".

Las tareas
Las tareas son variadas. A veces se trata de limpiar un espacio público: un parque, una plaza, un camino. A veces, de reparar algo: un banco, una barandilla, una fuente. A veces, de acompañar: visitar a personas mayores que viven solas, ayudar a familias con dificultades, enseñar a alguien a usar una herramienta.

No hay una jerarquía clara. Cada uno hace lo que sabe, y aprende lo que no sabe. Un jubilado que fue albañil enseña a los jóvenes a mezclar cemento; una estudiante de informática ayuda a los mayores con el móvil; un padre que lleva a su hijo le enseña el valor del trabajo compartido. Es un intercambio, no una caridad.

Las motivaciones
Las motivaciones son distintas. Algunos participan por convicción: creen que la comunidad debe cuidarse a sí misma. Otros, por necesidad: buscan compañía, estructura, sentido. Otros, por curiosidad: quieren ver qué pasa, quién viene, cómo funciona. Y otros, simplemente, porque les apetece.

Una voluntaria dice que empezó por casualidad y se quedó por las personas. "Vine un sábado y ya no me fui", explica. "Me gusta la gente, me gusta el ambiente, me gusta sentir que hago algo útil". Esa mezcla de utilidad y placer es, quizá, la clave del grupo: no se trata de sacrificio, sino de elección.

Los resultados
Los resultados son visibles. Un solar que era un basurero se ha convertido en un pequeño jardín. Un banco roto vuelve a estar disponible. Una persona mayor que no hablaba con nadie recibe visitas cada semana. Son cambios pequeños, pero cambian la vida de quienes los viven.

La coordinadora insiste en que no son héroes. "No hacemos nada extraordinario", dice. "Solo hacemos lo que cualquiera podría hacer". Y en esa frase hay una verdad incómoda: lo que hacen debería ser normal, y sin embargo no lo es. La sociedad está organizada de tal manera que el cuidado del entorno y de los demás queda, a menudo, en manos de instituciones o de nadie.

Las dificultades
El grupo también tiene dificultades. A veces faltan manos; a veces sobran tareas. A veces hay conflictos: opiniones distintas, ritmos distintos, expectativas distintas. A veces el cansancio se impone y las reuniones se espacian. Nada es perfecto, y el grupo lo sabe.

Una voluntaria cuenta que hubo un momento en que pensó en dejarlo. "Me sentí sola, sentí que no servía de nada", explica. "Pero luego vi el jardín, vi a la gente, y me di cuenta de que sí servía". Esa experiencia, la de la duda y la superación, es común en los grupos de voluntariado. No todo es entusiasmo; también hay desgaste.

El futuro
Sobre el futuro, el grupo es prudente. No quiere crecer demasiado, para no perder la cercanía. No quiere institucionalizarse, para no perder la libertad. Pero tampoco quiere desaparecer cuando los fundadores se cansen. La solución, dice la coordinadora, es que el grupo se renueve, que entren nuevos, que el relevo esté garantizado.

Mientras tanto, siguen trabajando. Cada sábado, a la misma hora, en el mismo sitio. Con las mismas herramientas, con las mismas ganas. Y con la misma convicción: que el tiempo regalado no se pierde, sino que se multiplica.

La despedida
Al final de la mañana, el grupo recoge. Las herramientas se guardan, los residuos se separan, las manos se limpian. Quedan las marcas del trabajo: el jardín limpio, el banco reparado, la conversación. Mañana será otro día. Y el grupo volverá. Porque regalar tiempo, dicen, es la forma más sencilla de cambiar el mundo. No hace falta un plan grandioso; basta con empezar por lo que se tiene a mano.

Sign In or Register to comment.